La salida de la eléctrica deja en evidencia irrelevancia de gremios y sus líderes
El retiro de Colbún de dos de los principales gremios del sector energético no es un episodio administrativo ni una señal coyuntural. Es un síntoma. Y como todo síntoma importante, pues devela un problema más profundo: la pérdida de relevancia estratégica de estos dos gremios como espacios efectivos de representación, orden e incidencia.
La compañía comunicó formalmente su salida de Generadoras de Chile y de la Asociación Chilena de Energías Renovables y Almacenamiento, con efecto a partir del 31 de diciembre. Las cartas, firmadas por su CEO, José Ignacio Escobar, justifican la decisión en una revisión permanente de la estrategia de negocios, en un contexto complejo y dinámico. Hasta ahí, el lenguaje corporativo estándar.
Pero el fondo es otro. Colbún explicita que busca profundizar su participación directa en el debate público, especialmente en materias críticas como la modernización del sistema energético, la competitividad, la inversión y el desarrollo sostenible. Para ello, priorizará iniciativas propias -seminarios, espacios académicos, instancias de reflexión sectorial- en lugar de canalizar su posición a través de estructuras gremiales.
En el caso de Acera, el propio Escobar reconoce el rol histórico del gremio en el desarrollo de las energías renovables y recuerda su participación personal durante casi dos décadas, incluyendo posiciones de liderazgo. Ese reconocimiento, sin embargo, no altera la decisión de salida. El gesto es relevante precisamente porque no nace del desconocimiento ni del desdén, sino de una evaluación crítica de eficacia.
La decisión tampoco fue sorpresiva. Semanas antes, el ejecutivo había cuestionado públicamente el funcionamiento del ecosistema gremial del sector eléctrico, apuntando a una fragmentación excesiva y a la proliferación de asociaciones con intereses similares. El diagnóstico es claro: cuando demasiados gremios hablan por un mismo sector, ninguno logra hacerlo con peso real. La consecuencia no es diversidad, sino debilidad.
Ese es el punto estructural que el caso Colbún deja al descubierto. Los gremios, en muchos sectores estratégicos, han dejado de cumplir su función original. Ya no ordenan posiciones, no construyen síntesis robustas ni ofrecen al Estado una contraparte clara y creíble. En su lugar, administran equilibrios internos, dilatan definiciones y terminan emitiendo mensajes tardíos, genéricos o irrelevantes para el momento regulatorio que se enfrenta.
Para las empresas más grandes y sofisticadas, ese esquema dejó de hacer sentido. El costo de pertenecer a estructuras que no representan ni influyen empieza a superar sus beneficios. Por eso crece la tendencia a relacionarse de manera directa con autoridades, academia, centros de estudio y opinión pública, sin intermediarios. No por arrogancia, sino por eficiencia estratégica.
La paradoja es evidente. Justo cuando el sector energético enfrenta definiciones regulatorias clave y requeriría mayor coordinación, los gremios aparecen más debilitados que nunca. La salida de Colbún no marca el fin del mundo gremial, pero sí expone su crisis de relevancia. Si no recuperan capacidad de articulación, liderazgo y disciplina estratégica, seguirán perdiendo peso específico.
Y ese vacío no quedará neutro. Será ocupado por decisiones públicas mal informadas, sin una contraparte sectorial sólida, con costos de largo plazo para la inversión, la competitividad y el desarrollo energético del país. El problema no es que las empresas se vayan de los gremios. El problema es que los gremios dejaron de ser imprescindibles.
